Las Tres Reinas Chinas en las Ciudades Vacías | Español

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Copyright © 2020. Cristina Bertrand. Todos los derechos reservados. No se puede reenviar ninguna parte de este libro, reproducir ni transmitir de ninguna forma ni por ningún medio, electrónico, fotocopias, auditivo o de otra manera sin el permiso por escrito del autor.

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Rosa Negra hacía cada año un inventario de su biblioteca. Para ello se rodeaba de numerosos ayudantes, amantes de los libros, que rastreaban estanterías, ordenaban las materias y dibujaban croquis de espacios y funciones para que los visitantes gozaran de la lectura.

Había salas de lectura y de reuniones en las que gentes de numerosos países compartían sus saberes. No estaban exentas de discusiones acaloradas, pero si hacían mucho ruido entraba el lobo de Rosa Negra, se asustaban un poco y bajaban el tono. Todo transcurría en calma a partir de ese momento.

En uno de los paseos por las estanterías Rosa Negra se asomó a una ventana y vio una nube pasajera que se deslizaba suavemente por el cielo. De pronto se acordó: ¡La nube de California, la de la pequeña computadora de bolsillo! Corrió a su habitación, a la pequeña maleta donde aún conservaba su tesoro y abrió el libro-computadora. Y se conectó con Mathew en el Silicon Valley.

  

Copyright © 2020. Cristina Bertrand. Todos los derechos reservados. No se puede reenviar ninguna parte de este libro, reproducir ni transmitir de ninguna forma ni por ningún medio, electrónico, fotocopias, auditivo o de otra manera sin el permiso por escrito del autor.

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Rosa Negra hacía cada año un inventario de su biblioteca. Para ello se rodeaba de numerosos ayudantes, amantes de los libros, que rastreaban estanterías, ordenaban las materias y dibujaban croquis de espacios y funciones para que los visitantes gozaran de la lectura.

Había salas de lectura y de reuniones en las que gentes de numerosos países compartían sus saberes. No estaban exentas de discusiones acaloradas, pero si hacían mucho ruido entraba el lobo de Rosa Negra, se asustaban un poco y bajaban el tono. Todo transcurría en calma a partir de ese momento.

En uno de los paseos por las estanterías Rosa Negra se asomó a una ventana y vio una nube pasajera que se deslizaba suavemente por el cielo. De pronto se acordó: ¡La nube de California, la de la pequeña computadora de bolsillo! Corrió a su habitación, a la pequeña maleta donde aún conservaba su tesoro y abrió el libro-computadora. Y se conectó con Mathew en el Silicon Valley.

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